
Las leyes penales establecen que determinadas causas menguan la responsabilidad criminal. La falta de intención, la motivación altruista o patriótica, la confesión, el arrepentimiento, entre otras, son consideradas circunstancias atenuantes a la hora de juzgar una conducta delictiva. Por el contrario, las que complican la situación, la premeditación y alevosía, el ensañamiento, el empleo de la astucia, fraude o disfraz, el abuso de superioridad o confianza, son catalogadas como agravantes. Si le tocara sentarse en un hipotético banquillo de los acusados, su caso estaría plagado de las segundas y no de las primeras.
Si se evaluaran, prima facie, sus antecedentes, difícilmente esquivaría una dura condena. En el medio, todos lo conocen y saben de su inclinación a la reincidencia. Además, teniendo en cuenta que ya hacía sesenta minutos que atosigaba al árbitro con reclamos y protestas subidas de tono, la exagerada enjundia con que fue a disputar la pelota de la discordia apuró la decisión del juez en primera instancia. Después, la historia prosiguió de la peor manera. Gestos a la platea local y declaraciones públicas desmedidas. “Nos metieron la mano en el bolsillo”, dijo, tildando de ladrón al hombre de negro. Cartón lleno.
Que su séquito de pléyades vernáculo intente cubrirlo con la túnica de la inocencia y pida clemencia por tamaña injusticia, resulta cuanto menos cómico por no decir patético. A nadie escapa que el goleador histórico rojinegro, devenido en modelo publicitario, ha demostrado ser un experto en el arte de la simulación, de todo tipo y calibre. “Creo que tiene que haber un replanteo entre todos nosotros. Tenemos que fijarnos las cosas que estamos haciendo mal, corregirlas, tratar de no comprometer a los árbitros y no simular tanto como se está simulando”, señaló. Parece chiste. De todas maneras, las transgresiones de los ídolos prescriben rápidamente en la memoria de la afición. Así es el fútbol.
Algo menos de cuarenta y cinco horas le duró al negro la posesión de la punta del torneo. Un disfrute demasiado efímero para el loco afán de la afición. Un disfrute demasiado pasajero para la ambición que alimentan los protagonistas. Sin embargo, las cambiantes alternativas que ofrece la competencia no están en condiciones de negarle al sabalé un nuevo asentamiento en la cima. Todo depende de la fortaleza anímica que el grupo manifieste de ahora en más para retornar a la senda que momentáneamente abandonó por errores propios. Yerros que partieron de la cabeza encargada de pergeñar movimientos de piezas y de tácticas a la hora de enfrentar al rival de turno. De ahí hacia abajo, nada funcionó como funcionaba.



Los films más taquilleros del primer mundo, esos que reciben todos los galardones habidos y por haber porque sus directores se llevan de maravillas con el “establishment” que maneja los hilos de la meca del cine; no los que hacen pensar o dejan una moraleja ejemplificadora o resultan extremadamente densos para el espectador común, esos no; suelen conjugar en sus tramas una irresistible variedad de recursos destinados a mantener el interés de la platea de principio a fin. Excelsas producciones –épicas, de ciencia ficción o de molde catástrofe–, que combinan aventura, drama, suspenso, intriga, emoción, vértigo, sufrimiento, luchas intestinas, un infaltable toque de comicidad, cientos de extras y mucho, pero mucho, dinero en juego.


