
Quien tenga como lectura de cabecera el pasquinejo vernáculo, por ejemplo, vivirá inmerso en un cuento fantástico. Colón es uno de los mejores clubes del país, está perfectamente administrado, no padece problemas económicos, tiene un plantel cotizado, un técnico inteligente y ganador, el mejor presidente en años y va a pelear el campeonato, sin ninguna duda. ¿Cuántos ingenuos creen en tamaña fábula? Seguro, unos cuantos. Y si este torneo no se da, pues no importa, el próximo volverán a darle crédito a las pavadas que publica el chupalerche mayor, y así sucesivamente. La credulidad no es una enfermedad mortal. Optar por desarrollarse con un bajo nivel de intelectualidad es una elección válida.
Claro que semejante determinación tiene sus implicancias. La chatura, la medianía, el estancamiento individual, y por ende colectivo, están directamente relacionados con la postura que se adopta frente a las disyuntivas habituales. Tampoco es casualidad que en escenarios como el descripto los valores se diluyan de forma imperceptible. Sin ir más lejos, la ética, uno en vías de extinción, ha dejado de regir las conductas humanas. Muchos procederes, antes considerados impúdicos, hoy son aceptados como normales en nombre de derechos tan inverosímiles como espurios. Los límites están dados por la propia conciencia, inclusive en el fútbol, un negocio tentador donde a unos cuantos les gusta revolcarse en nombre de un sentimiento.