
Hace un par de semanas, el pasquinejo vernáculo publicó un artículo acerca de una investigación llevada a cabo por docentes de la unl que arrojó un resultado alarmante: los ingresantes a la educación superior acceden a los claustros con un pensamiento crítico pobre. El trabajo evaluativo puso de manifiesto que las capacidades de los relevados “tales como explicar, sintetizar, relacionar, interpretar, poner en contexto, generalizar, son operatorias de pensamiento que no están muy desarrolladas”. Hasta ahí, y más allá de las responsabilidades que le cabe a ese ente abstracto llamado “sistema”, ninguna rareza.
Lo inaudito es que la problemática se extienda, en particular, a una buena parte de los egresados y, en especial, paradójicamente, a los mismísimos parodistas del vespertino local. Un caso digno de estudio científico debería ser el de quienes tienen a su cargo el suplemento deportivo. Es cierto que no hay que ser un iluminado para comentar, a cinco columnas, un insignificante partido de fútbol, o las incidencias de cualquier otro deporte, según sea el caso; pero habrá que convenir que el análisis crítico es lo más enriquecedor, no sólo a nivel lectura, sino en lo que a formación de opinión se refiere, arista fundamental del oficio.
Es cierto, a las personas en general no les gusta el análisis profundo –hay que pensar demasiado– y mucho menos la crítica. Pareciera que la cotidiana y triste realidad se sobrelleva mejor con las notas edulcoradas y llenas de falsedades y mentiras de algunos manipuladores a sueldo que a veces firman y otras, cuando el contenido es un tanto comprometido, no. Es de un raquitismo mental supremo pensar que con semejante actitud se está cumpliendo con un aporte social destacado. La prueba más contundente es la comunidad que han ayudado a construir. Mientras haya tanta basura disponible, la mediocridad no dejará de ser la norma.
Con el resultado puesto, las voces fueron coincidentes. El sabalé perdió una gran oportunidad de sumar tres puntos. Frente a un rival que ya no es lo que era entonces, esquivó la mano que el destino le extendió en un día donde el rojo y negro se vio resplandeciente frente al gris del adversario. Sólo en los colores, claro. Puesto que si no logró imponerse ante tamaño rejuntado es porque este once sabalero no es, en esencia, el mismo que el torneo anterior. Parece como si hubiera perdido presencia en la cancha, ese plus de temperamento que sobresalía en los momentos más críticos y que empujaba al equipo hacia delante. La base está, inclusive reforzada, pero aún no se ve un funcionamiento armonioso, parejo, compacto.




Durante toda la semana no se habló de otra cosa. El sabalé tenía que reencontrarse con el triunfo para no perder de vista el objetivo, que pasó de enfrascarse en una ardua y constante pelea por gambetear el estigma del promedio a mirar con ojos lujuriosos esos logros sólo destinados a los ambiciosos con carácter. Si bien en el inicio del torneo, las dudas lograron posicionarse al tope de las inquietudes, el torbellino imparable que desplegó sobre la gramilla el pasado viernes funcionó como ventarrón sureño, despejando esos nubarrones amenazadores que parecieron encapotar el panorama rojinegro. Coraje, contundencia y una pizca de picardía, la simple fórmula reactiva que acalló murmullos y desató la algarabía.

