Tres estados de ánimo dominaron la cálida noche vernácula. De la euforia por el triunfo parcial, la tribuna pasó al conformismo por el empate transitorio hasta terminar en la decepción por la derrota en tiempo de descuento. Pasado el minuto fatal, las gargantas enmudecidas le abrieron paso a los alaridos de protesta. Contra los jugadores, contra el técnico y, por supuesto, contra la dirigencia. En momentos como éste la falsa pertenencia observa desesperada cómo baja su cotización a niveles subterráneos. La afición defenestra lo que antes de iniciar el encuentro eran maravillas incomparables y se acuerda de reclamar el campeonato, o por lo menos una muestra advertible en cancha de la ambición.Y la pregunta surge espontáneamente. ¿Cómo repercutirán en las elecciones los últimos resultados? Si la semana anterior hubo lavado de cabeza, mejor ni pensar lo que puede pasar en los próximos días. La cantera de anuncios está agotada. El excelentísimo señor presidente se quedó sin proclamas con que endulzarle el oído a la masa societaria. Y está que trina. Cada derrota, en estas instancias preelectorales, le significa un desgaste adicional para dar vuelta una imagen chata, amarga, bochornosa que empuja hacia atrás lo que tanto le costó edificar. ¿Qué más puede anunciar? ¿Inauguraciones espectaculares? ¿Contrataciones rimbombantes? ¿Acontecimientos internacionales? Los cráneos buscan, pero no encuentran.
A la hora del análisis, muchos coinciden en que el entrenador se equivocó. Que la línea de tres no da para más; que armó mal el mediocampo, dejando afuera al único volante de marca; que a la delantera se le quemaron los cartuchos; que hizo mal los cambios; que el estado físico sigue siendo deplorable y mil cuestionamientos más. Es común en toda empresa seria determinar un organigrama que establezca, jerárquicamente, las responsabilidades de la estructura que conforman los recursos humanos afectados. Si algo no funciona como corresponde, si los objetivos no son alcanzados, si los fracasos resultan recurrentes, el primero que salta es el que ocupa el primer casillero –allá, en la soledad de la cúspide– y del que se desprenden las ramificaciones menores. Más claro, echarle agua.
APOSTILLAS
A mil revoluciones. Si la semana pasada fue un champú, ésta será un lavado completo con centrifugado incluido. Al parecer, las “duras” palabras del primer mandatario no impactaron en el plantel como se esperaba. ¿O sí? En la intimidad, a la muchachada le resbalan los palos de quien no sabe un pomo de fóbal, aunque ése sea el mismo que le abona el sueldo.
Remolacha azucarera. El entrenador ya no sabe de qué disfrazarse. Mucha teoría en la previa, dando cátedra frente al rastrero parodismo vernáculo que en las ruedas de prensa sólo le tira centros para que cabecee; pero a la hora de la verdad, su expresión vale más que mil palabras. Esta vez eligió el silencio; se fue sin hacer declaraciones, echando espuma por la boca.
Resucitando muertos. El arquero dijo sentirse amargado y dolorido. “Hicimos todo para ganarlo”, se consoló ante las cámaras. Salvo en el último segundo, cuando la línea de tres completita rodeó a un habilidoso que, con una simple maniobra, la dejó pagando y de paso le despejó el camino a un solitario y alicaído artillero que lo fusiló sin remordimientos.
Estilo barra. El hemisferio pensante de dupla asoleada, encargado de comentar el encuentro, denunció que bandera característica de la platea este estaba ausente con aviso. Según explicó al aire, los portadores del trapo fueron amenazados por manifestar preferencias opositoras. “Si lo cuelgan, se lo choreamos”, dicen que les advirtió un enviado del impresentable vice.
La misma semana en que se presentaron las dos listas que competirán en las próximas elecciones, el goleador histórico mostró la hilacha. Dijo, muy suelto de cuerpo, que si el “biondo gnocchi” no se impone en la contienda, él lo acompañará en la retirada. Tal vez pensando que sus palabras tendrían el mismo impacto que en otro momento, y ante las mismas circunstancias, hiciera carismático ex entrenador, el veterano veinte tiró la bomba y esperó las repercusiones. Lamentablemente, la onda expansiva tuvo exactamente el efecto contrario al esperado. La afición nunca dejará de agradecerle sus goles, pero esta vez lo crucificó sin miramientos. Quedó muy claro cuáles son los intereses que defiende.
Si se trazara un paralelo entre la gestión institucional y la deportiva podrían descubrirse muchas coincidencias. Una cabeza que gusta del parloteo ante cámaras y que se esfuerza en sostener una imagen de erudito en la materia. Un gasto sideral en estructura vacía de contenido. Resultados que ya ni siquiera provocan disgusto, sino indiferencia. La falsa pertenencia sólo tiene para mostrar una maqueta del proyecto; en concreto, las manos aparecen vacías. El entrenador sólo tiene una parva de nombres importantes; en definitiva, ni un atisbo de la idea de conjunto. Ambas caras de la misma moneda, con tantos puntos en común, deberán hacerse cargo de un porvenir sin demasiadas alternativas.


Desde que comenzó esta nueva etapa, la ilusión de la tribuna sube y baja, al ritmo de los resultados Las buenas producciones alimentan la esperanza, elevándola a niveles insospechados; las malas, la bajan de un hondazo a velocidad luz. El escenario previo se planteó ideal. Un rival disminuido, tal y como les gusta a los mediocres. Algo más de sesenta minutos en superioridad numérica, tal y como les gusta a los ventajeros. Sin embargo, el negro sufrió –superado en el juego– en el primer tiempo y empujó –a fuerza de amor propio– en el segundo. Sólo le alcanzó para un desabrido empate, justo cuando las expectativas apuntaban a torcer el mal comienzo de torneo. Esta vez, no supo capitalizar ni las favorables condiciones del trámite.
