
Hace un par de días, la misma pagineja virtual que dio cuenta de una declarada lucha de poder entre dos laderos del excelentísimo señor presidente, publicó una deplorable –desde todo punto de vista– nota al impresentable vice primero, donde el triste personaje no hizo otra cosa que exudar su menesteroso nivel intelectual, su raquítico sentido común y sus excelentes dotes de barra brava con cargo y a sueldo. ¿Será, acaso, por estas destacadas virtudes, tan propias de su elemental personalidad, que le está siendo arrebatado el lugar de preferencia, que otrora ostentó con tanta verborragia desencajada, en el estrecho y selecto entorno del primer mandatario?
La cuestión es que en la declaración de marras no sólo intentó reposicionarse en la estima del “biondo gnocchi” utilizando un discurso básico y ordinario, sino que puso en un brete a la institución, al descalificar, de todas las formas posibles –de acuerdo a su escasa capacidad de raciocinio–, a los vecinos de enfrente, apelando a una falta de respeto digna de la peor tribuna. Como si su objetivo fuera congraciarse con la gavilla que banca a fuerza de carnés con cuota al día, se despachó en contra de quienes son sus pares, no sólo en el ámbito del fútbol profesional sino también en la liga, pisoteando las buenas relaciones que en algún momento se jactó de haber impulsado.
Este inefable esperpento, que bastardea términos propios de las ciencias políticas sin saber siquiera qué significan, que habla de “buena administración” cuando el director regional de la afip señaló públicamente que en estos tres años y pico de gestión lercherista se ha generado una deuda millonaria con el fisco, que dice estar muy ocupado monitoreando la cantidad de obras encaradas por esta pródiga comisión mientras los sanitarios de la cancha dan asco, que gusta de manejar a la prensa vernácula como si fuera una claque domesticada, que amenaza con llevar a tribunales al parodismo devenido en crítico, aspira a ser el número uno en la línea sucesoria. Espeluznante.
Enterrar a un muerto, definitivamente, es uno de los trabajos que bien podría ser considerado como insalubre. Sin embargo, al transpolar la lúgubre tarea de depositar un óbito en su última morada al ámbito del fútbol, la cuestión se torna bien diferente. Resulta una faena sencilla, y nada perjudicial en lo que a la salud mental se refiere, inhumar, con tres buenas carradas de tierra, a una masa liquidada, inerte, fenecida antes de pisar siquiera el camposanto donde los sepultureros sólo tuvieron que hacer un tibio esfuerzo para completar tan sentidas exequias. Si bien en algún minúsculo lapso la cosa pareció entrar en un cono de sombras, la jerarquía de los laburantes del pico y la pala acabó cerrando la tumba con el finado a buen resguardo.




Con el resultado puesto, las voces fueron coincidentes. El sabalé perdió una gran oportunidad de sumar tres puntos. Frente a un rival que ya no es lo que era entonces, esquivó la mano que el destino le extendió en un día donde el rojo y negro se vio resplandeciente frente al gris del adversario. Sólo en los colores, claro. Puesto que si no logró imponerse ante tamaño rejuntado es porque este once sabalero no es, en esencia, el mismo que el torneo anterior. Parece como si hubiera perdido presencia en la cancha, ese plus de temperamento que sobresalía en los momentos más críticos y que empujaba al equipo hacia delante. La base está, inclusive reforzada, pero aún no se ve un funcionamiento armonioso, parejo, compacto.

