
Finalizada la aventura sudafricana, la rutina comienza a recuperar su matiz habitual. Y con el plantel rojinegro de vuelta en casa, las novedades van tomando color. El tercer arquero de la celeste y blanca, aunque para la tribuna diga lo contrario, anda con ganas de cambiar de aire. El defensor que miró el mundial desde el banco, despunta el vicio e invierte en emprendimientos gastronómicos lejos de la cordial. El excelentísimo señor presidente, envalentonado –comprensible, después de compartir, del otro lado del océano, hotelucho con pares de segunda línea–, alardea ubicándose en el mismo nivel que los grandes. Y el chupalerche primero dice haber “crecido” luego de su vergonzosa cobertura especial.
Mientras el laborioso primer mandatario intenta completar el plantel que asumirá el duro compromiso de asegurarle el triunfo en las próximas elecciones, el verborrágico entrenador, quien no ha aprendido nada desde que camina bajo el cielo vernáculo, puso «play» y arremetió contra la inteligencia de la afición con declaraciones para el olvido. Sobre los juveniles en la pretemporada: “Hubo varios chicos que nos darán una alternativa muy buena en el torneo y eso me deja muy tranquilo”. ¿Cómo, no era que quería arrancar esta etapa con cuatro o cinco de titulares? “Colón es un club serio (…) lo único que le queda es ir por la gloria. En algún momento se va a dar el campeonato.” ¿Será en esta vida o en la próxima?
Continúa. Pretende dos refuerzos más “para tener seguridad y recambios de jerarquía del mismo nivel de los que juegan”. ¿Y los pibes para cuándo? “Lo de Canales ya está descartado. Tampoco vamos a estar insistiendo tanto. Hizo dos goles y le tenemos que estar rogando.” ¿Y andaba atrás de un delantero con semejante sequía en el haber? Sobre el guardameta titular: “Él está muy contento en el club y los directivos le van a reconocer todo lo que está haciendo. Va a ser el arquero de Colón por muchos años. Se habla de México y allá está el libro de pases cerrado.” ¿Hummm, habrá cortocircuito? Cuanto menos suena raro, ya que comparten el mismo representante. En fin. Al parecer, todo está como era entonces.
Como la sangre que corre por las venas de quienes fueron fieles a un estilo. Como la que coloreó los rostros de quienes traicionaron una historia. La presea dorada se la llevó el equipo que mejor interpretó el fútbol que le gusta a todos. Aunque sin estridencias, sin goleadas aplastantes. Con lo justo. Inclusive con una derrota en el camino. Pero respetando el buen trato de pelota y con la mirada puesta en el arco contrario, sin descuidar el propio. Equilibradamente. Y cerrando el círculo, un tío serio sentado en el banco. Podría decirse que se hizo justicia, en una competencia donde las estridencias brillaron por su ausencia.
Y súbitamente atronó el silencio. Se ahogaron los cánticos, dejaron de flamear las banderas y la pirotecnia dispuesta quedó para una mejor ocasión. Frente al primer rival de fuste, no surtieron efecto ni los carteles motivadores colgados en el vestuario, ni los cuernitos de la primogénita apostada en la platea, ni las ocho invocaciones a la santa cruz antes del pitazo inicial, ni la cadenita en la mano durante la contienda, ni la presencia en el banco del defensor que fue ungido con los santos óleos gracias a un sueño premonitorio. Las cábalas se desvanecieron cuando un verdadero equipo se interpuso en el camino del triunfalismo, carente de real sustento, que emprendió el combinado nacional de la mano de un dios sin religión.
Por fin comenzó lo mejor de la competencia, el punto donde las fuerzas a medirse resultan más parejas, por jerarquía y ambición. Superados los octavos, la celeste y blanca se prepara para afrontar el crucial quinto partido, firme en convicciones pero floja en fundamentos. Extrañamente, buena parte del parodismo porteño coincidió en calificar con pobreza de adjetivos la actuación colectiva del domingo, rescatando sólo a las individualidades que hasta el momento han sido suficientes para marcar la diferencia. El motivo salta a la vista, el rival que se viene parece reunir las condiciones del candidato perfecto: equilibrio en todas sus líneas. Por lo que es fácil percibir un leve temblor brotando de ciertas gargantas.