Como la sangre que corre por las venas de quienes fueron fieles a un estilo. Como la que coloreó los rostros de quienes traicionaron una historia. La presea dorada se la llevó el equipo que mejor interpretó el fútbol que le gusta a todos. Aunque sin estridencias, sin goleadas aplastantes. Con lo justo. Inclusive con una derrota en el camino. Pero respetando el buen trato de pelota y con la mirada puesta en el arco contrario, sin descuidar el propio. Equilibradamente. Y cerrando el círculo, un tío serio sentado en el banco. Podría decirse que se hizo justicia, en una competencia donde las estridencias brillaron por su ausencia.En segundo plano, el partido más emocionante del torneo. Entre uno de los participantes sobresalientes y otro que nadie imaginaba. Si bien algunos suelen tildar la lucha por el tercer puesto como sin importancia, para los que llegaron impensadamente, la contienda se convirtió en los noventa minutos de mayor trascendencia en años. Así, sacando del baúl de los recuerdos la garra que caracterizó su existencia, y demostrando un firme interés por quedarse con el bronce, llevó a su rival a disputar un cotejo de ida y vuelta para rememorar. No le alcanzó, pero el honroso cuarto puesto llenó de orgullo a propios y de envidia a extraños.
Mientras tanto, de este lado del charco, se espera la decisión del dios desequilibrado, apostando a un cambio ajeno a su esencia. Y con un don que, ya avisó, no piensa dejar su sillón sino hasta que la parca lo obligue. Semejante escenario no anuncia un futuro prometedor. Por el contrario, un panorama sin proyecto sustentable a la vista hará que una generación de excelentes jugadores pase con más pena que gloria por las ajadas páginas del fútbol vernáculo. La fría realidad marca que esta intervención de la celeste y blanca en la aventura sudafricana ha sido el resultado de lo que la vetusta dirigencia argenta supo construir.
Y súbitamente atronó el silencio. Se ahogaron los cánticos, dejaron de flamear las banderas y la pirotecnia dispuesta quedó para una mejor ocasión. Frente al primer rival de fuste, no surtieron efecto ni los carteles motivadores colgados en el vestuario, ni los cuernitos de la primogénita apostada en la platea, ni las ocho invocaciones a la santa cruz antes del pitazo inicial, ni la cadenita en la mano durante la contienda, ni la presencia en el banco del defensor que fue ungido con los santos óleos gracias a un sueño premonitorio. Las cábalas se desvanecieron cuando un verdadero equipo se interpuso en el camino del triunfalismo, carente de real sustento, que emprendió el combinado nacional de la mano de un dios sin religión.
Por fin comenzó lo mejor de la competencia, el punto donde las fuerzas a medirse resultan más parejas, por jerarquía y ambición. Superados los octavos, la celeste y blanca se prepara para afrontar el crucial quinto partido, firme en convicciones pero floja en fundamentos. Extrañamente, buena parte del parodismo porteño coincidió en calificar con pobreza de adjetivos la actuación colectiva del domingo, rescatando sólo a las individualidades que hasta el momento han sido suficientes para marcar la diferencia. El motivo salta a la vista, el rival que se viene parece reunir las condiciones del candidato perfecto: equilibrio en todas sus líneas. Por lo que es fácil percibir un leve temblor brotando de ciertas gargantas.