Los resultados adversos han trastocado al conjunto sólido y aguerrido en un cúmulo de despojos físicos carentes de resto anímico. Y las ausencias no pueden utilizarse de excusa. El equipo titular ya venía dando muestras de debilitamiento general. En este caso específico, como en toda puesta en escena, justamente en el cuadro póstumo, queda al descubierto la trama oculta de la historia: los pibes, usados –en el más estricto sentido de la palabra– como bandera política por la gestión lercherista, sólo fueron tirados a la cancha a la espera del gran milagro. Ahora, sobre los pobres carneros enviados al matadero sin anestesia, recae la pesada carga de la frustración por no haber podido sacar adelante un partido considerado accesible.
La parte graciosa de la historia quizá esté en las últimas declaraciones del entrenador sabalero, que suelen danzar al vaivén de los triunfos o las derrotas. Lo que hace unas semanas era “si le ganamos a fulano peleamos el campeonato hasta el final”, ahora es “siempre pensé que no teníamos un plantel para pelear el campeonato”. Lo que ahora son quejas por “un plantel no muy largo y muchos jóvenes”, suena incoherente ante el “con los dirigentes no tengo problemas, me trajeron todo lo que les pedí”. Para cerrar, su nuevo objetivo: “Hay que apostar a veinte o veintidós puntos para el clausura y pasar un par de fases en la copa”. ¿Compartirá la afición tan mediocre perspectiva para el futuro o se animará a gritar “¡el rey está desnudo!”?
APOSTILLAS