Jugadas nueve fechas el negro parece afianzado, y ya no en su columna vertebral, sino, y a pesar de las ausencias, en casi todas sus líneas. El arco nunca estuvo tan seguro. La defensa parece inexpugnable, con un trío que aprendió a conocerse y complementarse. En el medio, un hombre fundamental que supo adaptarse a los cambios y que hace las veces de pilar de sus colegas de zona, sean quienes fueren. Y con una dupla ofensiva que, completa, resulta letal. El resto acompaña y no desentona. Más allá de la falta de volumen futbolístico, puesto en evidencia cuando falta la joyita, el equipo está firme, sólido; puede jugar mejor, regular o peor, pero en cancha transmite y demuestra seguridad en la búsqueda del objetivo prefijado.
Vale destacar que algo en común tienen las piezas clave del equipo. La madurez y la certidumbre de que este torneo –con ingreso a la copa incluido– puede ser el peldaño más alto de sus carreras. Ninguno quiere dejar pasar, esta vez, la oportunidad. Tomar conciencia de que la presente puede ser la última ocasión que les ofrezca el destino para dejar la marca de sus botines en la galería de la fama de la institución, es lo más positivo que le ha pasado al grueso del plantel entrado en años. En el otro rincón, los pibes, quienes por ahora sólo son el adorno que se pone o se saca según la ¿estrategia? del entrenador; y así todos contentos, la cd con su oda al proyecto y la ingenua afición manducando gustosa la sagrada liturgia dirigencial.
APOSTILLAS