Gracias al triunfo, unos cuantos salvaron el pellejo. Tras el descalabro que generó la derrota más dolorosa de los últimos ocho años, dirigentes, cuerpo técnico y jugadores hallaron un poco de alivio al cabo de noventa minutos de mucho tesón y algo de fútbol. Como ya se ha hecho costumbre, una vez acallada la nonagésima crisis con una sentencia favorable, aparecieron las dos caras de la moneda. Los desmesurados de siempre coincidieron en ver el despegue definitivo hacia grandes proezas mientras que los del lado opuesto le jugaron unas fichas a la teoría de la respuesta pasajera. Lo cierto es que la producción de la muchachada pareció una reacción en busca de inmunidad contra la crítica despiadada antes que una recuperación con fines serios y ambiciosos.
Al igual que las peores tragedias, determinados resultados no son producto de una sola causa. El clima previo, las amenazas de cánticos poco agradables, desataron una paranoia que los protagonistas decidieron capitalizar para darle un corte, por lo menos momentáneo, a la vorágine negativa que los mantenía presos en su propia jaula de cristal. Ni los supuestos atenuantes, que con tanto ahinco hicieron circular los obsecuentes durante la semana, en un denodado esfuerzo por blindarlos contra el terrorismo mediático, sirvieron para calmar la pesada atmósfera que terminó envolviendo su estrecho mundo. La tibieza del rival también hizo su aporte. Para aderezar con doble condimento la definición, una advertencia los puso en estado de alerta y movilización.
El negocio bien entendido por todos tiene estas cosas. Una victoria tranquiliza a las fieras y sitúa en pausa los arrebatos desestabilizadores de una calma que hace equilibrio aferrada a la baranda de un puente sobre aguas turbulentas. Así encuentra traducción el castigo que acecha a la falsa pertenencia. Quemados los fuegos de artificio, el crédito parece en vías de extinción; sólo hace falta un paso en falso para que la masa le caiga con el peso de la paciencia agotada. Estos días fueron una muestra de lo que podría desatarse si, en la cancha, el fútbol se niega a aparecer. El primer mandatario tendrá que agudizar el ingenio para mantener el barco a flote porque los espejitos de colores ya no engatusan a nadie. Con la mentira institucionalizada, difícil que el cielo ayude.
APOSTILLAS
Sin pudor. Con la subestimación como bandera, el excelentísimo señor presidente salió a explicar lo inexplicable, pero como el perímetro de la entidad ya le queda chico, esta vez incluyó hasta la curia eclesiática. La facilidad con la que supo manipular voluntades lo ha ubicado en un pedestal desde el que se cree capaz de extender su influencia hasta el infinito. Ojota con la factura.
Hipocresía al palo. Algunos renuncian avergonzados por decisiones que dañan su sensibilidad religiosa, sin embargo miran para el costado cuando de deshonestidad dirigencial se trata. Al parecer, el retiro de una imagen afecta más que las certezas de un cambio en el nivel de vida de quienes dejan jirones de su humanidad por el club. Los que amagaron la tienen más clara.
Sinceridad brutal. Con una mueca risueña en su rostro, el volante enfrentó las cámaras y dio su parecer respecto del tema que traspasó las fronteras provinciales. "La pondrán donde quieran los dirigentes que son los dueños del club", señaló, blanqueando lo que todos los socios saben pero prefieren soslayar. Como le pasó a más de uno, cuando lo asuman, probablemente sea tarde.
Para que tenga. Tangencialmente, al desertor le pegaron de todos lados, pero el más duro fue el goleador histórico, quien afirmó que el virginal barullo lo armó "gente malintencionada que habla pelotudeces". Este es el mensaje, que brota desde adentro, para los que en el futuro pretendan renunciar a la causa y, una vez idos, hablar mal del régimen. A pensarlo dos veces.
lunes, septiembre 12, 2011
domingo, septiembre 04, 2011
Atropello a la razón
Luego de la hecatombe, el entrenador, en consonancia con los lineamientos impuestos por esta gestión desde su arribo a la entidad, comenzó a construir su propio relato. Durante la semana, exhibió las primeras muestras. Dijo sentirse "bien, entero y convencido" para revertir el mal momento, destacó "la identidad" (¿¡!?) que supo mostrar el equipo en las primeras tres fechas y anticipó que "antes de hacerle un daño a Colón doy un paso al costado". Una vez finalizados los noventa minutos más oprobiosos de los últimos tiempos, afloró en su fuero íntimo "un orgullo y una satisfacción enorme" por "el sentimiento, valentía, coraje y entereza" de la muchachada para rescatar un empate de visitante, jugando un fútbol lacrimógeno. Curiosas interpretaciones de una realidad que avergüenza a la afición. En el cierre, un toque de victimización coronó la oratoria post partido.
Con la energía puesta en la defensa del ciclo, en su comentario final, el chupalerche primero dio una clase magistral de parodismo interesado tirando sentencias tales como "el duelo lo superó rápidamente" y "ganó el partido de la cabeza". Entretanto, en el pasquinejo vernáculo se despachó con un imperdible panegírico al comprometido conductor que, según su particular visión, lucha y se desangra por la fe que lo empecina. Un claro mensaje a la masa sangre y luto. Nadie debería ser tan desagradecido, ni malintencionado, como para cuestionar al atormentado y sufriente mártir, que está dejando jirones de vida por la entidad que lo parió. No llama la atención que el único respaldo público haya partido de la pluma más comprometida con la falsa pertenencia, voz autorizada para suplantar a los responsables que todavía no se animan a sacar la cabeza del hoyo.
Un esfuerzo que parece en vano. El descalabro en el que está inmerso el plantel, incluidas las lesiones, los estados físicos deplorables y los mentales alterados, pintan un panorama bastante aciago de cara al futuro. Si en el próximo compromiso la derrota vuelve a ser protagonista, el vestuario corre riesgo de colapsar, porque los ánimos hace rato que andan de paseo por la cornisa. Los adláteres de este desaguisado son conscientes de la falta de conducción, pero su manifiesta complicidad los obliga a ponerle el hombro a la situación hasta que la tabla de promedios dispare las luces de alarma. Llegado el momento, la guerra de reproches no dejará títere con cabeza, aunque demasiado tarde para revertir un nuevo fracaso. Si los empates logran mantener a flote la "apuesta", la historia continuará sin cambios sustanciales. Y las aguas de la mediocridad seguirán bañando las costas de la ilusión.
APOSTILLAS
Desaparecido en acción. El excelentísimo señor presidente sigue sin dar señales de vida. El peor momento futbolístico encuentra a la institución en piloto automático y sin figuras que escuchen los tibios reclamos de una comisión directiva que está pintada. Al parecer, los que miran la fiestita de afuera pretenden un golpe de timón; los que la disfrutan, no ven motivos para modificar la hoja de ruta. ¡Faltaba más!
El transportador. Según informó un parodista vernáculo durante la previa, cinco micros partieron de la puerta de la sede para acompañar al equipo, y levantarle el ánimo, después de la hecatombe. Especial atención puso el impresentable vice en decorar la tribuna visitante con un apoyo fuera de lo común para semejante día y horario. La movida de cientos de socios caracterizados fue pergeñada para un veloz borrón y cuenta nueva.
Rápido y furioso. La oposición patrocinó una convocatoria de descontentos para hacer catarsis. Mientras socios, hinchas y simpatizantes sigan durmiendo el sueño de los atolondrados, está claro que el rumbo no va a cambiar. Al primer mandatario no le interesan los reclamos de su propios impares dirigenciales, menos las propuestas que la contra intente presentar, aunque sea por intermedio de terceros que se autoproclaman como "apolíticos".
Daño colateral. Confeso encubridor de realidades ardientes -de esas que la mesa chica procura, a través de sus obsecuentes, ocultar- contestó con un risueño "hablemos en serio" cuando un colega le consultó sobre el rendimiento en reserva de un joven defensor que llegó como alternativa para remendar la última línea titular. Pasada la quinta fecha del torneo ya puede olfatearse el primer negociado del responsable de recolectar refuerzos.
Con la energía puesta en la defensa del ciclo, en su comentario final, el chupalerche primero dio una clase magistral de parodismo interesado tirando sentencias tales como "el duelo lo superó rápidamente" y "ganó el partido de la cabeza". Entretanto, en el pasquinejo vernáculo se despachó con un imperdible panegírico al comprometido conductor que, según su particular visión, lucha y se desangra por la fe que lo empecina. Un claro mensaje a la masa sangre y luto. Nadie debería ser tan desagradecido, ni malintencionado, como para cuestionar al atormentado y sufriente mártir, que está dejando jirones de vida por la entidad que lo parió. No llama la atención que el único respaldo público haya partido de la pluma más comprometida con la falsa pertenencia, voz autorizada para suplantar a los responsables que todavía no se animan a sacar la cabeza del hoyo.
Un esfuerzo que parece en vano. El descalabro en el que está inmerso el plantel, incluidas las lesiones, los estados físicos deplorables y los mentales alterados, pintan un panorama bastante aciago de cara al futuro. Si en el próximo compromiso la derrota vuelve a ser protagonista, el vestuario corre riesgo de colapsar, porque los ánimos hace rato que andan de paseo por la cornisa. Los adláteres de este desaguisado son conscientes de la falta de conducción, pero su manifiesta complicidad los obliga a ponerle el hombro a la situación hasta que la tabla de promedios dispare las luces de alarma. Llegado el momento, la guerra de reproches no dejará títere con cabeza, aunque demasiado tarde para revertir un nuevo fracaso. Si los empates logran mantener a flote la "apuesta", la historia continuará sin cambios sustanciales. Y las aguas de la mediocridad seguirán bañando las costas de la ilusión.
APOSTILLAS
Desaparecido en acción. El excelentísimo señor presidente sigue sin dar señales de vida. El peor momento futbolístico encuentra a la institución en piloto automático y sin figuras que escuchen los tibios reclamos de una comisión directiva que está pintada. Al parecer, los que miran la fiestita de afuera pretenden un golpe de timón; los que la disfrutan, no ven motivos para modificar la hoja de ruta. ¡Faltaba más!
El transportador. Según informó un parodista vernáculo durante la previa, cinco micros partieron de la puerta de la sede para acompañar al equipo, y levantarle el ánimo, después de la hecatombe. Especial atención puso el impresentable vice en decorar la tribuna visitante con un apoyo fuera de lo común para semejante día y horario. La movida de cientos de socios caracterizados fue pergeñada para un veloz borrón y cuenta nueva.
Rápido y furioso. La oposición patrocinó una convocatoria de descontentos para hacer catarsis. Mientras socios, hinchas y simpatizantes sigan durmiendo el sueño de los atolondrados, está claro que el rumbo no va a cambiar. Al primer mandatario no le interesan los reclamos de su propios impares dirigenciales, menos las propuestas que la contra intente presentar, aunque sea por intermedio de terceros que se autoproclaman como "apolíticos".
Daño colateral. Confeso encubridor de realidades ardientes -de esas que la mesa chica procura, a través de sus obsecuentes, ocultar- contestó con un risueño "hablemos en serio" cuando un colega le consultó sobre el rendimiento en reserva de un joven defensor que llegó como alternativa para remendar la última línea titular. Pasada la quinta fecha del torneo ya puede olfatearse el primer negociado del responsable de recolectar refuerzos.
martes, agosto 30, 2011
El final de la inocencia
El sol asomó para confirmar lo que anunciaba la previa. En su cenit, fue testigo del fervoroso andar de miles de incondicionales latidos hacia una celebración que presentían inolvidable. A medida que avanzó la tarde, su tibieza cobijó la decepción de un escenario incrédulo, al que no le quedó otra que enjugar la bronca con sus paños más preciados. El ocaso selló una jornada aciaga, de esas que invitan a la reflexión después de un golpe inesperado. Con los gritos ahogados, con el desconsuelo de quien cuenta oropeles herrumbrados, la noche cayó triste, acompañada de una certeza difícil de digerir pero contundente, como una matemática perfecta, desafiante de lo establecido, irrespetuosa en su génesis y desmesurada en el cálculo final.
Algunos dirán que no hubo coraje, otros que no hubo fútbol; algunos dirán que no hubo ambición, otros estrategia; algunos dirán que no hubo actitud, otros inteligencia. Los más, hablan de soberbia. Un preparado que incluye de todo un poco. Lo cierto es que la lección del clásico rival quedará grabada en las conciencias de una dirigencia profana, convalidada por mayoría societaria; en el historial de un plantel inflado, especialista en justificaciones de ocasión; en el curriculum de un cuerpo técnico inepto, manejable y manejado; y en las retinas de una parcialidad sorprendida en su buena fe, que no esperaba semejante veredicto. Si bien la derrota forma parte de las reglas del juego, la forma asestó la herida más profunda.
Reponerse de tamaña vapuleada será una empresa trabajosa, aunque algunos pretendan arroparse con un cobertor de amianto. Por lo pronto, y contra los pronósticos que la lógica impone, la renuncia no parece figurar en los planes a corto plazo. Quedó claro en la conferencia post partido cuando, vacunado contra el virus del amor propio, el entrenador asumió la responsabilidad y apuntó al optimismo para remontar el mal momento. El "proyecto" sigue firme; tal vez un tanto magullado, pero sólo hasta que el horizonte aclare por obra y gracia de la buena fortuna. Mientras tanto, los principales hacedores de este presente, se automedicarán con unas cuantas grageas de silencio reparador, a la espera de que las aguas retomen su cauce natural.
APOSTILLAS
Mal presagio. Empezó la semana en el ojo de la tormenta. Un alma en desgracia hizo su aporte al listado de epítetos que manejan algunos líderes porteños, aunque "hipócrita" podría encuadrarse entre los que menos lo afectan. Peor fue escuchar el «hit» del momento que le tarareó al unísono el coliseo juliogermano al término de la contienda. Ese tipo de melodías no sólo lo ponen nervioso, sino que lo deprimen. ¡Un poco de consideración!
Chupate esa mandarina. El mejor jugador de la cancha le dedicó especialmente la victoria. Aunque en los días previos, y a pedido de sus asesores de imagen, salió a aclarar que unas manifestaciones suyas, vertidas hace un tiempo, fueron "sacadas de 'contesto'", el palo lo recibió igual. En vivo y en directo, por la pantalla impúdica y ante millones de televidentes, su figura fue la destinataria de una zurra monumental. ¡Pegue que no duele!
Increíble pero real. La actitud menos esperada desconcertó a más de uno. Probablemente un dejo de envidia lo llevó a emprender el camino hacia el vestuario visitante para felicitar a los justos ganadores. Un conductor que supo cómo plantear el partido y unos intérpretes que dejaron todo en el campo de juego movilizaron su flanco sensible. Después de eso no le quedó resto para enfrentar las cámaras y hacer su descargo. ¡No le pidan tanto!
Titanes en el ring. Un energúmeno lo sacó de las casillas. Tanto, que amagó con quitarse los guantes para trompear al agresor verbal. No satisfecho con eso, lo esperó en la manga apuntándolo con el índice inquisidor y babeando de furia. Informe cantado por premeditación y alevosía. El día después hizo su descargo y pidió disculpas "a quienes se las debía". Menos mal que las gradas dieron el ejemplo que él y los orientales olvidaron encarnar. ¡KO técnico!
Algunos dirán que no hubo coraje, otros que no hubo fútbol; algunos dirán que no hubo ambición, otros estrategia; algunos dirán que no hubo actitud, otros inteligencia. Los más, hablan de soberbia. Un preparado que incluye de todo un poco. Lo cierto es que la lección del clásico rival quedará grabada en las conciencias de una dirigencia profana, convalidada por mayoría societaria; en el historial de un plantel inflado, especialista en justificaciones de ocasión; en el curriculum de un cuerpo técnico inepto, manejable y manejado; y en las retinas de una parcialidad sorprendida en su buena fe, que no esperaba semejante veredicto. Si bien la derrota forma parte de las reglas del juego, la forma asestó la herida más profunda.
Reponerse de tamaña vapuleada será una empresa trabajosa, aunque algunos pretendan arroparse con un cobertor de amianto. Por lo pronto, y contra los pronósticos que la lógica impone, la renuncia no parece figurar en los planes a corto plazo. Quedó claro en la conferencia post partido cuando, vacunado contra el virus del amor propio, el entrenador asumió la responsabilidad y apuntó al optimismo para remontar el mal momento. El "proyecto" sigue firme; tal vez un tanto magullado, pero sólo hasta que el horizonte aclare por obra y gracia de la buena fortuna. Mientras tanto, los principales hacedores de este presente, se automedicarán con unas cuantas grageas de silencio reparador, a la espera de que las aguas retomen su cauce natural.
APOSTILLAS
Mal presagio. Empezó la semana en el ojo de la tormenta. Un alma en desgracia hizo su aporte al listado de epítetos que manejan algunos líderes porteños, aunque "hipócrita" podría encuadrarse entre los que menos lo afectan. Peor fue escuchar el «hit» del momento que le tarareó al unísono el coliseo juliogermano al término de la contienda. Ese tipo de melodías no sólo lo ponen nervioso, sino que lo deprimen. ¡Un poco de consideración!
Chupate esa mandarina. El mejor jugador de la cancha le dedicó especialmente la victoria. Aunque en los días previos, y a pedido de sus asesores de imagen, salió a aclarar que unas manifestaciones suyas, vertidas hace un tiempo, fueron "sacadas de 'contesto'", el palo lo recibió igual. En vivo y en directo, por la pantalla impúdica y ante millones de televidentes, su figura fue la destinataria de una zurra monumental. ¡Pegue que no duele!
Increíble pero real. La actitud menos esperada desconcertó a más de uno. Probablemente un dejo de envidia lo llevó a emprender el camino hacia el vestuario visitante para felicitar a los justos ganadores. Un conductor que supo cómo plantear el partido y unos intérpretes que dejaron todo en el campo de juego movilizaron su flanco sensible. Después de eso no le quedó resto para enfrentar las cámaras y hacer su descargo. ¡No le pidan tanto!
Titanes en el ring. Un energúmeno lo sacó de las casillas. Tanto, que amagó con quitarse los guantes para trompear al agresor verbal. No satisfecho con eso, lo esperó en la manga apuntándolo con el índice inquisidor y babeando de furia. Informe cantado por premeditación y alevosía. El día después hizo su descargo y pidió disculpas "a quienes se las debía". Menos mal que las gradas dieron el ejemplo que él y los orientales olvidaron encarnar. ¡KO técnico!
sábado, agosto 27, 2011
Arde la ciudad
La reedición del clásico, después de ocho años de espera, tiene a la afición en vilo. Como por arte de magia, el folclore, que a través del tiempo tomó el color de la ninguneada, cambió de tonalidad por unos días para convertirse en obsesión. Ganarle al eterno rival, con baile incluido, es lo que el mundo rojinegro espera con justificada ansiedad. En esta oportunidad no habrá caras de preocupación, el resultado viene cantado. La superioridad, en todos los sentidos posibles, no deja lugar a dudas. Aunque el parodismo vernáculo haya camuflado su acostumbrada liviandad conceptual con todos los lugares comunes que impone el caso, los noventa minutos que decretarán la supremacía de uno de los dos exponentes futbolísticos de la ciudad, antes de comenzar, ya tienen dueño. Sólo falta certificar los números definitivos en el campo de juego.
El tratamiento de la tradicional disputa, una vez demostrada la falta de creatividad de los medios domésticos para ofrecer una cobertura previa interesante, que incentive la participación responsable de los sectores jóvenes que perdieron la costumbre del choque entre las divisas y al disfrute del anecdotario que brinda la historia, con su consiguiente anclaje en el presente, por parte de las generaciones que superaron la fase del gorro, bandera y vincha, quedó reducida a un básico pedido declamatorio de paz y amor sin profundidad ni compromiso verdadero. Una muestra más de que el poder de la comunicación se ha llevado por delante a los vetustos exponentes del ambiente nativo, decididamente ineptos para aprovechar la tecnología disponible y bucear en la construcción de una sociedad mejor en ocasión de un acontecimiento convocante.
Por el lado institucional, en lugar de hechos concretos, prevaleció la impronta del excelentísimo señor presidente, impulsor de rúbricas intrascendentes para la gilada; mientras que el impresentable vice dio inicio a un operativo destinado a lavar su imagen pública con un discurso contemporizador -pretendida imitación, a todas luces berreta, de la verba de su mentor- desde la tribuna obsecuente. El propósito, torcer el concepto de quien no lo ve como candidato potable en la pelea por la sucesión, aparece emparentado con lo imposible. Así las cosas, las gradas se preparan para una celebración que será completa. Extender la mirada hacia objetivos más ambiciosos, superado un nuevo peldaño para la estadística, será el real desafío a partir de la próxima semana. Que el clásico no se transforme, a ojos de los mediocres, en un premio consuelo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)