Por lo pronto, habría que descartar la inocencia. El nivel del oponente nada tenía que ver con el que se dejó en el camino, padeciendo sobremanera en el complemento, el fin de semana pasado. También habría que excluir un exceso de confianza en el plantel. Tan pocos entrenamientos no dan para captar con certeza limitaciones y capacidades. Este entrenador necesita tiempo para conocer en profundidad a sus dirigidos y sacar el mejor provecho en función del conjunto. Sí llama la atención la parte que les corresponde a los protagonistas. Arrancaron como para complicarle la partida al local y terminaron arrastrándose por el campo de juego cual almas en pena. Ni actitud, ni compromiso, ni amor propio, ni nada. Irreconocibles.
El legado del mayorista de humaredas causa impresión. Un plantel mal armado, caído anímicamente, lesionados que demoran en recuperarse, profesionales fuera de estado y, lo preocupante, un futuro dudoso. Lo cierto es que para salir del atolladero, lo primero que se debe hacer es dejar de lado la sanata. Menos excusas y más y mejor trabajo. “Este rival de hoy tiene un laburo de dos años con el mismo entrenador, un recambio de jugadores importante y valores de prestigio y desequilibrantes”, afirmó el dt al término del encuentro. ¿Acaso Colón no tuvo dos años y medio de continuidad? ¿Los suplentes no están a la altura de las circunstancias? ¿Los titulares no son considerados de jerarquía? Entonces, todos los que mintieron, deberían hacerse cargo.
APOSTILLAS