El laberinto dialéctico también sacude los cimientos del “proyecto”. Si se equivoca en el armado, siempre hay un chivo expiatorio que paga con su retirada porque hay que mover las piezas en función de la táctica; si la pifia en un cambio, la excusa es un problema físico del saliente; si alguno no merece estar en cancha, la explicación pasa por la confianza depositada –una prédica efectiva para tapar el error de determinadas incorporaciones–; si el resultado no es favorable, faltó suerte en la definición. Cuando le vuelve a dar una oportunidad a quien elogió hasta el absurdo, después lo mata en la conferencia post partido. Y lo que nunca falta, luego de cada decepción, el latiguillo de la “bronca por haber defraudado a la gente”.
En rigor, esta campaña es la más cara –aspiraciones incluidas– desde que se inició la era otomana, y, hasta el momento, el mayor fiasco de la falsa pertenencia. No sólo porque se alentaron indebidamente ínfulas ficticias, como la promoción de inferiores, los convenios improductivos, las obras de dudoso financiamiento, y la organización de un evento continental que no genera interés masivo, sino porque los logros prometidos continúan siendo parte de una ilusión inalcanzable. La continuidad es una buena propuesta siempre y cuando esté basada en lineamientos sólidos, coherencia en los objetivos, honestidad en los manejos y humildad en el discurso. Las fachadas sobrecargadas, que ocultan intereses espurios, no sirven.
APOSTILLAS