Es verdad, tal vez un poco de incertidumbre en ocasiones, pero a la postre pasajera. A veces jugando mal, casi siempre discretamente, pero con una efectividad avasalladora. Porque cuando se da cuenta que es dueño de su propio destino, mira al cielo, se arremanga y hace valer sus pretensiones de campeón. Porque entrar a la copa es un logro importante, indiscutible, pero difícil de sostener en el desarrollo de la disputa. Lo concreto, a cinco capítulos del final, es la posibilidad de alcanzar la punta. Y el entrenador lo sabe. Y la muchachada también. El paso por el torneo internacional puede ser efímero, un título no. Tanto al dt como a los veteranos del plantel les urge quedar en la historia del club. El tiempo los corre.
Mientras tanto, a la afición le ha tocado el turno del disfrute. No importa que el sabalé esquive la exquisitez del juego. Importa que cada fecha se imponga a fuerza de contundencia. No importa que gambetee los elogios del parodismo porteño. Importa que está a cuatro puntos de los líderes. No importa que eluda la consideración de los grandes. Importa que en la tabla los supera a todos. No importa que algunas piezas tambaleen o queden afuera. Importa que las que entran cumplen. No importa que el técnico solfee de lo lindo. Importa que le encontró la vuelta a sus dirigidos. Después de todo, en otros tiempos, el rojinegro supo maravillar sin ganar. Ahora es tiempo de lo contrario. Pedir más, sería demasiado. ¿O no?
APOSTILLAS