A pesar de que el trámite del encuentro se presentó parejo y el rival pareció duro de roer, un buen centro, un cabezazo a la olla y el olfato depredador del goleador histórico abrió un partido que apuntaba a parejo. Sin embargo, más allá del pronto empate, nuevamente por el lado izquierdo llegó el punto de inflexión que definió la cerrada partida. Penal, dudoso o indiscutible, según la óptica del consumidor, y golpe al corazón del adversario. El resto de la historia se dio tan natural como desmesurada, con el rojinegro usufructuando al máximo las condiciones favorables que el desarrollo del encuentro le impuso, con una orquesta que sonó a sinfónica, con unos inspirados intérpretes que ejecutaron una partitura en forma magistral.
En retrospectiva, tal vez no haya influido demasiado, tal vez haya sido un factor fundamental a la hora de explicar en parte lo acontecido, lo cierto es que el “vamos a tratar de no hablar más de los árbitros”, que el veinte deslizó días atrás, surtió un efecto casi sanador. Es sabido que en la cancha la adrenalina alcanza punto ebullición, pero está comprobado que mantener un duelo verbal con los contrincantes o con el hombre de negro no reditúa a favor ni del equipo ni del resultado. “Vamos a tratar de revertir los malos arbitrajes con goles y triunfos, hacer nuestro juego y ayudar a los árbitros en lo que se pueda dentro del campo de juego”, sentenció para finalizar. Buena idea, era hora. La primera consecuencia, superó cualquier expectativa.
APOSTILLAS